¿Y si hay grieta porque no hay líderes?

¿Y si hay grieta porque no hay líderes?

La ausencia de una dirigencia política que acepte el reto de superar las distancias ideológicas entre los argentinos aporta una de las explicación de más relieve para entender este escenario de confrontación entre «unos» y «otros» en la discusión política, tanto en el ámbito público como en el privado.

El panorama sobre la llamada grieta pinta nublado. Aunque lejos de los temores a una tormenta virulenta en torno a la división que parte aguas políticas e ideológicas en la Argentina, los nubarrones están presentes y dificultan ver un horizonte superador. Por eso la pregunta sobre la grieta es acerca de cómo disipar esa nubosidad, dentro de la cual los argentinos se sienten partidos en dos bandos más o menos definidos «a favor»  «y en contra». Pero, ¿a favor o en contra de qué?

Una primera respuesta viene por el lado de las tradiciones políticas. El sociólogo Carlos De Ángelis considera que «la sociedad argentina está muy politizada. Es común en la mesa familiar o de amigos que se hable de política. La mala noticia es el fanatismo. El que piensa distinto a uno se transforma en un enemigo».

Es decir: nada nuevo en el siglo XXI que transitamos, pero algo particular y distinto que es la radicalización de la mirada. «Cada gran relato, el kirchnerista o el macrista, construye una lógica de análisis distinta, una némesis del otro. Es imposible encontrar un acuerdo», reflexiona De Ángelis para luego poner un nombre propio (y su antítesis) de este modesto intento de explicación (el mío, no el del sociólogo) de la grieta argentina: Peronismo y Antiperonismo.

Para De Ángelis, «durante gran parte del siglo XX la Argentina estuvo partida entre peronismo y antiperonismo. Hay una historia de partición que bloquea un proyecto de comunidad a futuro». Y este ethos de la grieta se manifiesta en el presente, aún de manera sutil: «El intendente nuevo cambia todos los cartelitos del anterior», ironiza el analista social y político.

Es decir, una suerte de «parada y arranque» de la política (noción producida por varios economistas, estudiosos de los avatares dinerarios de la Argentina durante el siglo XX, tiempo en el cual los vaivenes económicos no hicieron más que ir frustrando sucesivos proyectos de «una Argentina mejor»); un obsesión por la «refundación» de la República tanto sea en el terreno político y/o económico (Si Francia va por su Quinta -o tal vez Sexta- República seguramente en la Argentina iremos por la vigésimo-no-se-cuánto… con postales tragicómicas como la del presidente interino Adolfo Rodríguez Saá, declarante de la cesación de pagos de la deuda externa argentina en el final caótico del año 2001 y no sin la voluntad de instaurar una nueva tradición política con apenas una horas en el poder).

Semejantes actos por borrar lo hecho y comenzar de cero, sin dudas, constituye un poderoso aporte pernicioso para la cultura del diálogo argentino, y no solo el político. Esto tiene impacto en lo social, con visibilidad moderna en los medios de comunicación masivos (especialmente la televisión) en donde la confrontación nosotros-ustedes transita la agresión mutua y la descalificación del otro por su sola condición (lo que en Lógica se denomina como falacia ad hominem, remarca el sociólogo Carlos De Ángelis).

En consecuencia, no es raro que el 70 por ciento de esos argentinos que reconocen que son «víctimas» de la grieta no logren volver a hablar con ese familiar o amigo que piensa distinto; ese «otro» ya pasó al «Eje del Mal».

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A esta altura del análisis es bueno recuperar el significado de la palabra grieta: en su acepción más pertinente para esta reflexión nos dice que es la ruptura de algo que estuvo unido. Es decir: la grieta es la rotura de una unidad que alguna vez fue. O sea que el desafío es repararla, o al menos hacer que sus partes divididas estén un poco más cerca. Y para ellos debe haber actores dispuestos a pararse sobre ella, con un pie en cada lado y traccionando fuerte para unirla, siempre recordando que alguna vez existió un punto en común entre los rupturistas.

Para el analista político y director de la consultora Opina Argentina, Facundo Nejamkis, eso se llama liderazgo. «La manera más sana de terminar la división es con liderazgos que no se dejen llevar por las grietas de la sociedad, que tienda a plantear un horizonte más allá de ella», reflexiona. Pero para alcanzar dicho propósito, las aguas políticas y fundamentalmente las económicas deben estar más o menos tranquilas. Nejamkis considera que le «vendría muy bien al país un escenario de crecimiento económico que genere condiciones para que se den espacios de diálogo y consenso en el mediano y largo plazo». Sin embargo, «cuando uno tiene que pensar qué va a comer mañana, es muy difícil proyectarte».

La pregunta es: ¿Hay en la Argentina una dirigencia preparada para semejante desafío? Los que fantaseamos con esa posibilidad con la llegada de Cambiemos al poder comprobamos que tal liderazgo no sería posible bajo este signo político: Mauricio Macri no llegó a la Casa Rosada para acercar posiciones encontradas (y quedará por ver si en algún momento acepta el desafío), más allá de sus modales políticos muchos más prolijos y protocolares que los del kirchnerismo.

¿Quién será entonces el que encabeza tal acercamiento? Mientras hurgamos en el presente buscando a esas figuras tengamos algo en claro: quien ejerza la conducción de tamaño desafío no tendrá que reparar una grieta necesariamente política. Como aclara Nejamkis, «la grieta no es una cuestión de la política, es de la sociedad». Los «agrietados» son los ciudadanos de a pie, no solo los dirigentes.

La miopía política apenas si divisa un posible punto de acuerdo sentando a la mesa a los consortes de la rosca política, como ya se intentó muchas veces en la historia argentina. En esta ocasión, el desafío será hacer confluir a actores sociales que representen las posturas a un lado y al otro de la grieta.

En tanto y en cuanto este escenario de diálogo no se dé, sigamos disfrutando del carnaval de los «unos» y «otros» arrojándonos agua y espuma en un corso que, si empezó como un juego, por momentos se parece más a un round de boxeo.

 

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