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Las panzas "desiguales" que miran a la corrupción

La percepción de los actos de corrupción se agudiza no sólo con las crisis económicas. También se potencia con la perpetuación de la desigualdad social, un fenómenos de más largo aliento y enquistado en la Argentina y toda América Latina.
Los casos de corrupción son una de las acciones públicas que más resonancia tienen en el debate de nuestra sociedad. La desnaturalización de la función de gobierno es ni más ni menos que corrupción. Es asumir un rol público para beneficio privado. O bien es sostener una práctica privada (desde la gestión de gobierno) reñida de los deberes públicos.
La corrupción es un elemento central hoy, incluso en la discusión política. Se habla y se machaca sobre su influencia en la acción de los gobiernos de turno. Con especial dedicación, los medios de comunicación instalaron a la corrupción como el elemento central a la hora de evaluar una gestión. Esto lo vivimos en particular con el menemismo y recientemente con el kirchnerismo.
Aunque, llamativamente, mientras muchos creían que con el sólo cambio de gobierno,la cuestión corrupción iba a desvanecerse de la discusión pública, los actos corruptos siguen en el centro de la escena ya en el gobierno de Cambiemos.
Algo sucedió para que los gobiernos pasen, y la cuestión de la corrupción quede.

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Un reciente informe del think tank con sede en Washington, Diálogo Interamericano, dedica varias páginas al fenómeno de la corrupción en América Latina. Señala que hay cinco razones para entender un fenómeno paradójico: No hay más corrupción en nuestros países, sino una menor tolerancia a esa práctica.

Desigualdad

La primera de las razones es uno de los temas centrales en nuestra propuesta de debate desde este espacio: la persistente desigualdad social. El relegamiento económico y social de grandes sectores de las sociedades latinoamericanas agotan su paciencia y provocan una mayor intolerancia ante las prácticas corruptas de sus gobiernos.
Un 75% de la población latinoamericana considera que su sociedad es injusta. Y el 66% estima que su gobierno protege los intereses de los privilegiados. Distintos estudios sociales muestran que estos desniveles sociales, estas diferencias… en definitiva, la desigualdad percibida no sólo en lo económico, potencia la percepción de la corrupción.

La clase media

Un segundo factor es el aumento de la proporción de la clase media en la región. Los sectores más y mejor instruidos en comparación con décadas pasadas son grupos sociales con mayores herramientas de comprensión de sus derechos cívicos y de las responsabilidades de sus gobernantes.
En la región, las personas con ingresos diarios de 10 y 50 dólares aumentó del 24% en 2005 al 38% en 2013. Su mayor poder adquisitivo los incluye aún más en la sociedad y los activa políticamente.
Las redes sociales
Un tercer factor es de la propagación de información variada en las redes sociales. Son nuevos modos de comunicación entrelazada del siglo XXI son los que agitan malestares de todo tipo y replican el repudio a la corrupción y la denuncia de la misma. Hay una suerte de civismo en las redes sociales que elevan la vara de la responsabilidad política.
En 2015, el 41% de la población tenía una cuenta de Facebook. De toda la región, en siete países la cifra superaba el 50%.

La crisis económica

Un cuarto elemento que explica esta mayor intolerancia a la corrupción es el efecto de la crisis económica. Si bien el impacto del descalabro financiero de 2008-2009 tiene aún consecuencias especialmente en Europa y en los países desarrollados, América Latina vive y sufre de las consecuencias de un menor crecimiento económico, baja de precios de materias primas y una caída de las compras desde distintas partes del mundo.
La crisis económica ralea los bolsillos de los caballeros y las carteras de las damas. La crisis en América Latina hizo que en los últimos años, la Argentina y sus vecinos pasaran de crecer de un promedio del 3,7% anual entre 2005 y 2009, a hacerlo solo un 1,2%.
En ese sentido, Diálogo Interamericano apunta a que los individuos penalizan más la percepción de corrupción en los momentos económicos malos.

Mayor control sobre la corrupción

Y el último factor que esgrime el informe del Diálogo Interamericano es el mayor control y búsqueda de transparencia en la gestión de gobierno.
En suma, cinco factores que muestran el fenómeno de la corrupción y la percepción de la misma en nuestro países.
Ahora bien, ¿esto también se da en la Argentina?
Van algunas respuestas argentinas a los problemas de los argentinos.

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Como remarcábamos en el comienzo de esta reflexión: La corrupción es un factor central en la discusión política de los últimos 25 años. Desde que explotaron los escándalos del menemismo, la cuestión nos ocupa y preocupa especialmente.
Por ejemplo, si hacemos un rápido ejercicio de memoria, recordaremos que fue la denuncia de la corrupción lo que potenció el discurso de campaña y el triunfo electoral de la Alianza en 1999. Aquel discurso de tolerancia cero de De la Rúa y los suyos fue clave para destronar a Menem y apagar para sus anhelos reeleccionistas. «Es la corrupción, estúpido», fue el mantra electoral de los aliados antimenemistas.
Algo parecido sucedió con la sociedad de Cambiemos: la percepción sobre la necesidad de un punto final «ético» al kirchnerismo por parte de la sociedad, fue parte del escenario que la actual coalición de gobierno supo reconocer por entonces.
En lo previo, varios años antes, la opción de un cambio de signo político en el poder se forjó a fuerza de varias marchas y cacerolazos, desde 2008.Una porción considerable de la sociedad argentina se movilizó por varios motivos, sin tener un candidato a la vista. Hasta que apareció el actual presidente para sellar ese pacto de basta de corrupción con el fin de la era K.
Sin embargo, el cambio de gobierno no apagó el reproche contra la corrupción en la Argentina. Los conflictos de intereses de varios funcionarios del actual gobierno calentaron la discusión apenas asumida esta gestión. Casos como el de los Panamá Papers, Correo Argentino y la obra pública incluso envolvieron en varias polémicas al presidente Macri.
Los fervientes seguidores del actual gobierno muestran fastidio y enojo por estos cuestionamientos.
– «¿Cómo puede ser que al actual gobierno no le perdonan una cuando al kirchnerismo le dejaron pasar todas?».
Claro, los argentinos respondemos a los estereotipos de la ciencia social. Cuando la bonanza económica está en lo alto, los reproches por la transparencia en el poder merman. Cuando sobreviene la crisis económica y falta el mango en el bolsillo, el reproche por al corrupción surge como un auténtico brote verde.
Pero, asimismo, no es casual que los cuestionamientos éticos al actual gobierno emerjan cuando los indicadores sociales muestran un deterioro en las proporciones de ingresos entre los que más ganan y los que menos cobran.

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Es el actual gobierno, como lo hizo la Alianza de 1999, el que dio un aporte muy valioso a la discusión de la corrupción como un tema central.
El problema es que, cuando la dirigencia política lanza a volar el asunto, el cuestionamiento de la corrupción suele volver para sí como un bumerán, a toda velocidad, con riesgo de auto daño. Cuando se eleva la vara de la ética política no hay motivo para pensar que se relaje la tolerancia social sobre la práctica corrupta de quien a su vez la denuncia.
Recientes casos como la detención del suspendido jefe de la flamante Policía de la Ciudad, José Potocar, renuevan el debate. Su encarcelamiento resulta llamativo ante la provocadora libertad de otros funcionarios públicos implicados en casos incluso más graves por la gravedad y por la cantidad de los mismos, protagonizados por una misma persona. (A esta altura, por ejemplo, resulta llamativo que sujetos como Amado Boudou sigan en libertad, con tantas pruebas en su contra. O incluso hasta podríamos debatir la situación de Cristina Fernández).

La moraleja de la corrupción en la Argentina y en la región parece clarita: Más crisis económica significa mayor intolerancia ante la corrupción. La sociedad se banca menos la corruptela cuando escasea el trabajo y el dinero. El «roban pero hacen» queda sólo acotado para la época de la prosperidad. Y si al estofado lo condimentamos con los elevados niveles de desigualdad social, el plato que se sirve será más que picante.

Celebremos que nuestras sociedades están más intolerantes con la corrupción. Pero debemos atacar sus causas.
En ese sentido, Brasil entrega poderosas lecciones. El caso Odebrecht explica el rol de los privados a la hora de comprarse una parte del Estado o a todo el Estado mismo, para que sirva a sus intereses corporativos. Si bien lo de la constructora brasileña es obsceno, la corrupción en dosis menos groseras existe y corrompe a los funcionarios públicos.
Brasil nos enseña que debe haber fiscales independientes que investiguen al poder. Y no que las denuncias queden en manos de políticos, cuyo oportunismo electoral muchas veces los lleva a hacer de las denuncias relucientes plataformas de campaña. A los funcionarios se los denuncia con la Justicia.
Y el poder político debe estar a la altura de las circunstancias. No designando a funcionarios de contralor afines al gobierno, sino independientes e idóneos. Sin sospechas de querer, o bien favorecer a los funcionarios en problemas, o a hacer la vista gorda ante un acto corruptos. Por ejemplo, el rol de la Oficina Anticorrupción y la reciente designación del Procurador del Tesoro nos dejan señales más de desaliento que de entusiasmo.
Es cierto: nos quejamos por actos de corrupción aparentemente todavía no consumados. Pero, si reconocemos que todos elevamos al vara de la intolerancia ante la corrupción, entendamos que el actual gobierno debe dar explicaciones, incluso a partir de simples sospechas. La transparencia no se logra evitando sólo los grandes actos de corrupción, sino impidiendo hasta los más simples y aparentemente inofensivos.

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Director de Voz por Vos. Locutor, periodista y docente. Conductor de "Ventana Abierta", lunes a viernes de 12 a 14 (FM Milenium -FM 106.7-). Columnista de temas sociales en Radio Ciudad y docente en la escuela de periodismo ETER.
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