¿Qué hará María?

¿Qué hará María? (episodio 1)

Las protagonistas de esta historia fueron ciudadanas, trabajadoras y amas de casa anónimas, hasta que la tragedia les asignó un bautismo inesperado: Madres del Dolor.

Por Lucio Casarini (cronista) y Daniela Díaz Arz (ilustradora)

—Era mi locura desde chiquito —recuerda Matías Pablo Bagnato sobre su oficio de toda la vida—; antes de decir algo, dije avión —bromea ocurrente escoltado por cinco aeronaves en miniatura, modelo Boeing, que adornan el living de su departamento del barrio porteño de Almagro: cuatro están sobre un aparador y la restante en otro mueble frente al sillón—; mis viejos me autorizaron a hacer el curso preparatorio de tripulante aéreo a los 16 años; soy encargado de la seguridad del pasajero y del servicio; la gente piensa que estamos para servir gaseosas, pero nuestro trabajo principal es hablar de la seguridad.

A los 16, Matías promediaba la escuela secundaria, que hacía en el Instituto Susini, a cuadras de su casa, en el barrio de Flores. Cuando tomó la decisión de anotarse en el curso de Aerolíneas Argentinas del verano de 1994, sus compañeros del colegio y sus hermanos Fernando, de 14, y Alejandro, de 9, empezaron a mirarlo con asombro, como si de repente se hubiera transformado en una especie de superhéroe.

Exámenes psicológicos y físicos, incluida una prueba de natación, fueron el filtro inaugural. Las clases teóricas en el aula desarrollaron nociones básicas como tipos de avión, el servicio de bordo y seguridad aérea. Las prácticas al aire libre le resultaron divertidas y desafiantes: simulacros de evacuación en tierra y agua, manipulación del chaleco salvavidas y el matafuego, y técnicas de primeros auxilios, defensa personal y supervivencia.

El tripulante aéreo o auxiliar de vuelo, explicaron los instructores, es responsable civil de varias secciones de la nave y del material de emergencia. Su prioridad inmediata es dar indicaciones de seguridad a los pasajeros. Una tarea adicional significativa es identificar la presencia de equipaje suelto y artículos sospechosos.

Matías Bagnato en su departamento del barrio porteño de Almagro; al fondo, varios aviones en miniatura adornan la cubierta del aparador (Nicolás Stulberg, Infobae.com).

Durante el programa fueron recordados antecedentes escalofriantes que todos conocían por los medios de comunicación. A Matías siempre le puso la piel de gallina la tragedia de los Andes, ocurrida en 1972 en Mendoza. Vislumbraba el avión chocando la Cordillera envuelto en viento, nubes y niebla implacables. Se compungía pensando en los 16 sobrevivientes, rescatados tras dos meses y medio de vicisitudes atroces, como la antropofagia. Famélicos y extraviados en la nieve, se habían alimentado con restos de los 29 fallecidos.

El mayor desastre aéreo de la Argentina hasta entonces, tomando como criterio la cantidad de muertos, había sido en 1970 en Chaco. Una nave se había ido a pique asimismo en condiciones atmosféricas inusualmente adversas con un resultado de 39 víctimas fatales, todas las personas que se encontraban a bordo.

Otra catástrofe inenarrable había ocurrido en 1981 en el Río de la Plata. Un avión se había hecho pedazos contra el agua también sin sobrevivientes. Aunque en esas coordenadas se registraba una tormenta feroz, la presencia entre las 31 víctimas de Carlos Cañete, gerente general de la compañía Papel Tucumán, y el hecho enigmático de que las cajas negras con la memoria de lo sucedido nunca fueron encontradas, dejaron picando una hipótesis inquietante: un atentado de la dictadura dentro de la operación Papel Prensa.

Un plan del gobierno militar para deshacerse de alguien destruyendo un avión lleno de pasajeros supone, jurídicamente, un crimen cometido mediante un peligro común. Este agravante consiste en agredir a alguien afectando simultáneamente a quienes están en el entorno.

Matías jamás imaginó que el y las personas que más amaba sufrirían una atrocidad de esta especie antes de finalizar el curso de Aerolíneas Argentinas.

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José Salvador Bagnato y Alicia Noemí Plaza con sus hijos Matías, Fernando Leonel y Alejandro Daniel constituían, según parámetros sociales ordinarios, una familia acomodada y feliz. José, alias el Negro, tenía 42 años y era fabricante y distribuidor en el ámbito nacional de zapatillas Reebok, la marca estadounidense. Alicia tenía 40 y era ama de casa de tiempo completo. El hogar incluía también a la abuela Norma, mamá de ella, viuda desde 1993, y Pamela, una perra ovejera alemana de dos años, cara de pelaje ocre y hocico negro.

La abuela Norma y Matías en el ámbito de trabajo del nieto, un avión de Aerolíneas Argentinas.

José aparece en las fotos como un hombre amigable, informal, de contextura mediana, rostro proporcionado, ojos oscuros, piel suavemente morena, pelo gris e incipiente calvicie. «Era bueno, sencillo, trabajador», lo recordó Roberto Marcuzzo, un vecino. Alicia luce elegante en los retratos: cabello rubio, corto y con flequillo, ojos castaños y mejillas coloradas. En los hijos se destacan las sonrisas espontáneas. Matías posee las características de José. Fernando ostenta los rasgos de la madre. Alejandro parece una mezcla.

El hogar de los Bagnato era un moderno chalet de dos plantas, tejas francesas anaranjadas, exterior de ladrillos vistos a tono con el techo e interior revestido con abundancia de madera y alfombras. La vivienda quedaba sobre la calle Baldomero Fernández Moreno, a metros de Pumacahua. Tenía dos accesos, ambos en el frente: a la derecha —mirando desde la calle— la puerta principal, que daba al comedor, y a la izquierda, más próxima a Pumacahua, la puerta del garage con capacidad para un auto. Consecutiva al comedor estaba la cocina. Entre ambos espacios subía hacia la planta alta una escalera recta de dos tramos, ida y vuelta, con descanso intermedio. En el fondo se encontraban el jardín y un quincho con parrilla. En el piso superior había cuatro dormitorios. El matrimonial y el de Alejandro —en este se había acomodado la abuela— tenían ventanas al jardín. El de Matías, ubicado sobre el comedor y frente a la pieza de Alejandro, y el de Fernando, sobre el garage y frente a la pieza matrimonial, daban a la calle. Canteros con plantas adornaban las ventanas del comedor y de Matías. Por los frecuentes asaltos en el barrio, había rejas en todas las ventanas menos las dos altas del frente.

José Bagnato y sus hijos en la playa. Fernando toma la mano derecha del papá. Alejandro es llevado de una mano por José y de la otra por Matías.

El patrimonio familiar se completaba con dos departamentos, uno en la Capital y otro en Necochea, y la fábrica, ubicada en el barrio de Chacarita.

El negocio de zapatillas prosperó a ritmo sostenido varios años, hasta la llegada de Carlos Menem a la presidencia, en 1989. La apertura generalizada de las importaciones dispuesta por el nuevo gobierno provocó una invasión inclemente de productos extranjeros que en pocas temporadas arrasó la industria nacional.

—A Cacho lo mandó Dios —le dijo José a Alicia en 1992 en referencia a Fructuoso Álvarez González, un pariente que se había sumado como socio capitalista. Cacho, también apodado el Gallego, parecía de confianza. Estaba casado con Diana, una prima de Alicia. La mamá de Matías era madrina de bautismo de la hija mayor de los Álvarez, que tenían otra nena. La familia de Cacho se agrandaría en 1994 con la llegada de un hijo varón.

Fructuoso, flaco y petiso, contaba 32 años. Tenía fama de hombre que se había hecho a sí mismo y de prodigio de las finanzas. Había inmigrado como bebé de Asturias, España, con los padres y hermanos. Se había iniciado trabajando de mozo en el Metro, restaurante de su papá en el barrio de Boedo, y había prosperado vertiginosamente vendiendo autos. Con su esposa e hijos habitaba una vivienda más grande que la de los Bagnato en una zona exclusiva del barrio de Villa Devoto.

«El teléfono de la empresa empezó a sonar y sonar», explicaría Cacho sobre la ruptura, acaecida solo meses después. «Llamaban un montón de acreedores. José tenía muchísimas deudas, decenas de cuentas bancarias al descubierto. Todo ese clima no me gustó y decidí no aportar más plata, pero para entonces José Bagnato me debía alrededor de 260 mil dólares».

«Me llamó para conversar en la casa de él», contó la abuela Norma acerca del día de 1993 en que visitó a Fructuoso; «me dijo que quería mucho a mi hija y mi yerno, que quería arreglar las cosas; sentados en el living, arrimó un escrito; era un poder que pretendía que firmara; yo era la dueña de la propiedad en la que funcionaba la fábrica; exigió mi firma para documentar la deuda; le contesté que la cifra era mucho menor y se enloqueció; dijo que me iba a matar de un paro cardíaco; me arrastró de los pelos por la casa; me arrojó el contenido de un vaso de whisky; pretendió hacerme inhalar cocaína; se bajó los pantalones y el slip y me obligó a tocarle el pene; [José Luis] Viccino, su abogado, estaba y no intervino; fuimos a hacer la denuncia [con los Bagnato] y uno de los policías le dijo a otro: ¿sabés quién es al que denuncian, no?, es el dueño de Casandra; así se llamaba un cabaret que el [Álvarez González] tenía; entonces los policías chau, no hicieron más nada».

Alejandro y Fernando Bagnato en un pelotero.

—Llamaba a mis padres, los insultaba y les decía que nos iba a quemar a todos —recuerda Matías sobre el suplicio que vivió su familia desde entonces—; las amenazas se hacían por teléfono, generalmente después de las 0.30; teníamos que desconectar la campanilla del aparato para que no suene, porque no podíamos dormir; cuando atendía yo, o mis hermanitos, distorsionaba la voz para asustarnos; nos decía: uuu…, están todos muertos, se quemaron todos; a pesar de que hacía ruidos, respiraba, hacía como un monstruo, sabíamos que era Cacho.

El robo del coche Toyota de José, el incendio del Fiat 128 de Alicia y otras conmociones se sumaron a las amenazas telefónicas. A fines de 1993, el papá de Matías vendió el predio de la fábrica, que fue desmantelado con máximo recato de la noche a la mañana y ocupado por una imprenta un par de días antes de Navidad.

«La empresa se instaló el 23 de diciembre y el 25 a la madrugada tuvimos un intento de incendio», dijo Javier Ocksengendler, responsable del nuevo emprendimiento; «solo encontramos una botella con combustible y trapos quemados en el techo».

«A las tres de la mañana oí ruidos y salí a la calle a ver que sucedía», dijo Miguel Contreras, un vecino; «vi fuego frente al portón de ingreso de la exempresa de Bagnato y a un hombre que subía a un auto para inmediatamente marcharse a toda velocidad; antes de que pudiera hacer algo, el fuego se apagó solo; frente al portón había una botella de sidra con nafta».

—Yo tenía miedo de que le hiciera algo a mi papá —dice Matías—, de eso sí lo creía capaz, pero jamás imaginé que viniera a prendernos fuego la casa.

—Yo lo vi drogado, ustedes no —repetía la abuela Norma, para quien todo era posible.

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«Vivo en la calle Pumacahua, tengo una pizzería y termino tarde de trabajar», relató Norberto Corda, vecino de Flores, sobre lo ocurrido el 17 de febrero de 1994; «esa madrugada a las tres y media estaba en la vereda por la necesidad de salir a fumar un cigarrillo; mi mujer y mi hija son alérgicas; vi un Renault Fuego con una línea roja al costado que pasaba muy despacio; se fue pero regresó a los cinco minutos; frenó en la esquina de Baldomero Fernández Moreno, a metros del chalet de los Bagnato; un hombre flaco y desgarbado descendió; lo vi agarrar bidones y perderse por Fernández Moreno; luego escuché el chasquido de un líquido y enseguida explosiones; vi que el hombre volvía y tiraba un tacho en el asiento trasero del coche y salía arando por Pumacahua».

El Renault Fuego llegó por Pumacahua y se detuvo en la intersección con Baldomero Fernández Moreno, a metros del número 1906 de esta calle, la casa de los Bagnato (Google Maps).

«Lo vi al que prendió fuego, todo fue muy rápido», dijo Jorge Hipólito Olivera, policía que hacía guardia a una cuadra del chalet, sobre Pumacahua; «observé una maniobra extraña que realizó un Renault Fuego, que al advertir mi presencia giró bruscamente; intenté detenerlo, pero preferí correr hacia la casa, donde ya se veían llamas en la planta baja, y di el alerta».

«Me despertó como si fuera un portazo o una explosión», dijo Juan Alberto Penna, otro vecino; «luego oí un chirriar de gomas de un automóvil que arrancaba a toda velocidad; me asomé por la ventana; vi que la casa de los Bagnato, que está frente a la mía, estaba demasiado iluminada; me asomé y vi que el fuego era descomunal».

—Me desperté a las tres y media de la mañana —cuenta Matías— empecé a sentir un calor tremendo, estaba empapado y me resultaba imposible respirar, me estaba ahogando y me quemaba toda la piel; miré hacia la ventana y vi que de arriba del portarrollos salían chispas; casi sin fuerza abrí la ventana; ya con la persiana levantada, saqué medio cuerpo afuera y prácticamente sin conocimiento pude empezar a respirar.

«Unos metros antes de llegar a la casa vi a un chico que pedía auxilio desde una ventana y un foco ígneo», siguió su relato el policía Olivera, «hice sonar el silbato para dar alerta a todos los vecinos».

—¡Matías, tirate, prendieron fuego la casa! —le gritó Norberto Corda desde la calle.

«En el chalet que se incendiaba ví a un chico tratando de saltar al vacío desde la ventana del primer piso», dijo Juan Alberto Penna; «me asomé más y había fuego en la vereda, en el cordón de la calle y en el frente».

—¡No, no saltes porque rociaron también la vereda! —alertó Corda de pronto al adolescente.

Curiosos observan el chalet quemado. La ventana situada arriba a la derecha es la de la habitación de Matías.

—Escuché un ruido terrible, como si se derrumbara todo —continúa Matías—; vidrios que explotaban, cosas que se desplomaban; miré hacia la puerta de mi cuarto; había un resplandor brillante bajo la puerta; no entendía que esa luz era fuego; le grité al vecino que mis papás estaban despiertos, que había luz; agarré una remera que estaba en el piso, me la puse en la boca y enfilé hacia la puerta; por debajo de la puerta salía humo; el humo negro era cada vez más espeso y el calor aumentaba; abrí la puerta; se abrió con tanta fuerza como si explotara; entró una llamarada que llegó hasta el techo; me prendió fuego el pelo y me tiró al piso; mientras intentaba apagarme la cabeza, veía una lengua de fuego que trepaba por el techo, por el placar, por las paredes; traté de ir otra vez hacia adentro; escuché los gritos de Fernando: ¡me quemo, me quemo!; y a mi mamá que gritaba: ¡con los chicos no, con los chicos no!

—Les grité a todos, los nombré uno por uno —sigue Matías—; nadie me respondió; me ahogaba y el fuego me iba arrimando a la ventana, como si me expulsara; apenas salí se quemó la correa de la persiana, que se derrumbó detrás de mí; me paré arriba del cantero, descalzo; miré hacia abajo y la llama que salía de la ventana del comedor empezaba a incendiar las plantas del cantero; me quemaba los pies; el fuego también empezó a salir por la ventana de mi cuarto y me quemaba la espalda; me estaba quemando vivo; miré la ventana de la habitación de Fer; salía una llamarada azul que parecía un soplete gigante; decidí saltar; me colgué de una terraza vecina hasta que llegó un policía y me ayudó.

«Me topé con un policía y otro vecino», dijo Penna; «nos acercamos al chalet y le gritamos al pibe que hiciera pie en la escalera que llevé desde mi casa».

—Llegaron los bomberos, la policía y varias ambulancias —relata Matías—; me metieron en una y me dieron oxígeno; yo estaba en calzoncillos, con el pelo quemado, sin cejas; vinieron muchos patrulleros y me subieron a uno; me enteré de dos muertes cuando un policía habló por radio llamada; después vi a un bombero que desde la ventana del cuarto de Fernando giraba la cabeza diciendo no, que no estaban vivos.

Los bomberos retiran los cuerpos de las víctimas del chalet después de controlar el incendio.

La ventana, situada sobre la cama, y la puerta, que contra su costumbre había cerrado al acostarse, salvaron a Matías. Las demás habitaciones estaban abiertas. Fernando solía dormir también en la pieza de su hermano mayor, aterrado por las amenazas telefónicas, pero esa noche tomó coraje y se quedó en su cuarto, solo. La abuela Norma estaba ausente porque horas antes había partido en micro hacia Necochea, donde la esperaban unos amigos. En su cama dormía Nicolás Borda, de 10 años, un chico del barrio, amigo de Alejandro, que se había quedado imprevistamente, de casualidad. José y Alicia estaban en la cama matrimonial.

—Era una leona y era hermosa —se estremece Matías pensando en Alicia, cuyo cuerpo apareció dentro de la bañera abrazando el de Fernando. Ella tenía el teléfono celular en la mano; un viejo Movicom, de los llamados ladrillos. José murió agarrado de la reja del dormitorio, como tratando de arrancarla. Alejandro y Nicolás son los únicos que aparecieron carbonizados, cada uno en su cama. Presumiblemente, el incendio adquirió particular intensidad en su habitación.

«El chico que aparece muerto junto a su madre en el baño con un teléfono celular al lado habría visto con ella al asesino y habrían intentado pedir ayuda», dijo Vicente Marciano Herrán, perito de los Bomberos de la Policía Federal. «Fernando Bagnato advirtió la presencia de fuego, quizás vio al incendiario», según los investigadores; «despertó a su madre y con un teléfono celular se encerraron en el baño para llamar a la policía».

Un policía y un bombero descienden por la escalera que lleva al primer piso del chalet incinerado, horas después de la masacre.

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—Para mí accedió por el garaje —dice Matías—; mi papá era muy descuidado en cuanto a las llaves; esa noche no había puesto la alarma de seguridad; la perra estaba en el patio, sin posibilidad de interceptar las entradas.

«Entró por el garage con copia de la llave», dijeron los investigadores; «se fue por el garage, cerró el portón con llave», agregaron; «la puerta de entrada [la del comedor] estaba cerrada con llave desde adentro».

«El asesino entró en la casa por el garage, subió por la escalera, volcó combustible y prendió fuego el primer piso», dijo José Mancini, perito de la Gendarmería Nacional; «luego descendió y realizó lo mismo en la planta baja y salió por el lugar por donde entró».

«El siniestro se originó a través del derramamiento de combustible en cinco focos independientes entre sí; cuatro son internos y uno externo», precisó Vicente Herrán; «entró a la vivienda, ascendió al primer piso, arrojó combustible en las habitaciones, hizo lo mismo con el living y la cocina en la planta baja, salió, prendió el fuego con una mecha por la ventana y antes de irse encendió el portón del garage; si uno conoce la casa y realiza una operación tipo comando, se puede concretar el hecho en menos de un minuto».

«Hubo asperjamiento de una sustancia acelerante», agregó Herrán. «Fue un calor concentrado, tal vez usaron fósforo químico o fosforo blanco», dijeron los investigadores; ese componente, que existe en estado líquido, es un agente incendiario de uso militar.

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Fructuoso Álvarez González fue condenado en 1995 a prisión perpetua —25 años tras las rejas— por múltiple homicidio agravado por el empleo de medio idóneo para crear un peligro común en concurso con tentativa de homicidio. El veredicto fue emitido por el Tribunal Oral Criminal 12 porteño en juicio abierto y presencial. La tentativa de homicidio fue contra Matías Bagnato. El fallo incluye accesorias que impiden reducir la pena.

Fructuoso Álvarez González es escoltado fuera de los tribunales tras conocerse su condena, 1995.

«Ese día me moví con un Renault Fuego negro que tenía a la venta en la agencia; tenía un autoadhesivo rojo muy chiquito», reconoció Fructuoso ante los jueces tras negar haber cometido el crimen; el modelo del auto sonó como una ironía endiablada en boca del quemador; «dijeron de mí que era un asesino internacional y un narcotraficante, cuando yo me considero un ciudadano ejemplar», se defendió con desparpajo; «de lo único que estoy arrepentido es de haber consumido cocaína».

Su prontuario contenía 17 causas penales, la mayoría relacionada con la llamada mafia de los saunas o prostíbulos en el contexto de la ley de profilaxis, que previene las enfermedades venéreas o sexuales.

«Álvarez González quiso comprar la casa», testificó Luis Alberto Corapi, empresario del rubro, respecto de un burdel de su propiedad; «lo conocí en el ambiente saunero, cuando poseía el conocido prostíbulo Partenón; también tenía intereses en un local de Rivadavia y San Pedrito, y en el Pusicats, donde concurría clientela preferentemente homosexual».

«Está involucrado en una causa por incendio y otra por hurto y amenzas», informó Héctor Mussumano, juez del partido bonaerense de Dolores; «fue denunciado por amenazas por el matrimonio de Mónica y Carlos Marino, propietarios de la inmobiliaria Punta Médanos, ubicada en Pinamar, incendiada el 1° de enero de 1994».

Cacho en esos días estaba en Valeria del Mar, una localidad vecina. Los Marino al parecer le debían dinero. «Te voy a matar», habría rugido el asturiano dirigiéndose a Mónica. «Vos ya tuviste un infarto, ahora vas a tener otro», habría increpado paralelamente a Carlos.

«Estaba en la fábrica y Fructuoso vino para llevarse unos papeles», dijo María Pascuala Allevato, que trabajaba en la empresa de Bagnato; «de repente puso un arma sobre el escritorio, me asusté y le di lo que pedía».

«Visitó en más de una oportunidad a Bagnato en su fábrica arma en mano», según los investigadores.

«Me citó a su oficina, sacó un arma de fuego y la puso sobre el escritorio para que suscriba unos recibos», dijo Juan Mercado, un dependiente echado de la concesionaria de autos de Álvarez González; «sentí mucho miedo y firmé todos los papeles».

«Tiene una personalidad psicopática», diagnosticó Diego Mac Gregor, perito psicólogo; «ante una frustración puede ser impulsivo o ponerse paranoico, estado que podría derivar en actos violentos».

Alejandro (arriba), Alicia y José Bagnato (centro), Nicolás Borda (abajo a la izquierda) y Fernando Bagnato (abajo a la derecha).

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Dado que el múltiple homicida provocó un peligro común incendiando una casa con una familia en su interior, ¿quién entre los afectados puede considerarse víctima deliberada y quién víctima aleatoria?

«Me dolió mucho la muerte de los Bagnato», dijo el asturiano, expresando sentimientos encontrados; «a pesar de que me debían plata, los quería mucho».

«Tenía muy buena relación con los hijos de José Bagnato, eran chicos fabulosos, los quería mucho», puntualizó; «era un gran amigo de los chicos, ellos me llamaban tío; con Matías siempre jugábamos a la pelota, venían con Fernando a la pileta de mi casa».

«José era macanudo», acotó; «Bagnato era un buen tipo, pero dominado», distinguió; «el problema suyo era Norma Calzaretta, su suegra», dijo mencionando el apellido de soltera de la abuela, «que lo dominaba, lo inducía a hacer cosas que no quería, y su esposa Alicia, que gastaba cien veces más de lo que ganaba».

«Poco antes de la masacre, José hablo conmigo porque estaba por escriturar la casa a nombre de Álvarez González», dijo Marcos Giuliti, escribano, revelando cuán cerca estuvo Cacho de su objetivo; «la transacción nunca se hizo, no sé por qué». ¿Por influencia de las mujeres de la familia, más precisamente de la mayor de ellas?

«El día anterior a la tragedia, la abuela había viajado», destacó Rogelia Pozzi, abogada de las víctimas; «en ese dormitorio encontraron uno de los focos de fuego; el asesino vio bultos en las dos camas y estaba seguro de que uno era el de Norma, con quien se había ensañado porque era su principal opositora a su plan de quedarse con todas las propiedades de los Bagnato».

Fuentes

Matías Bagnato es el testimonio fundamental para reconstruir la tragedia. El cronista ha coincidido con el en reiteradas oportunidades. El resto de los miembros de la ACMdD hizo también aportes esenciales.

El autor visitó repetidamente los escenarios, en especial el barrio de Flores. La observación directa fue combinada con el pronóstico meteorológico del día del horror («El tiempo», La Nación), que predice una jornada parcialmente nublada, una máxima de 30 grados y un viento noreste tornando al suroeste de hasta 25 km/h.

La causa judicial fue consultada en sus capítulos fundamentales. Como el caso tuvo amplia repercusión mediática, este apartado se desarrolla apoyado en la prensa, que cita el expediente y también otras referencias.

Matías hizo el curso de tripulante aéreo en el Centro de Formación y Entrenamiento de Pilotos de la República Argentina (ver Aerolíneas.com.ar), próximo al Aeropuerto Internacional de Ezeiza.

Investigaciones respectivas basan la mención de las tragedias de los Andes (el libro de Read es un clásico), Chaco (Ambrosig, Ricardo…, Norte) y el Río de la Plata (Federico, Mauro…, Minutouno.com). La política económica aplicada desde 1989 puede revisarse, por caso, en la compilación de Pucciarelli (Segunda Parte. Economistas, empresarios y estado en la producción del orden neoliberal).

La descripción de la casa —hoy propiedad de otra gente— se funda en el testimonio de Matías, la observación directa desde el exterior, las panorámicas de Google Maps, y fotos e ilustraciones de la prensa. Los diarios contienen infografías con croquis del chalet en tres dimensiones: «Masacre en…», Clarín; «Cómo actuó…», Clarín; «Así actuó…», Diario Popular.

El genérico «los investigadores» engloba citas mencionadas en los periódicos sin atribución: «Fernando Bagnato advirtió…» («Inician juicio…», Crónica), «Entró por el garage…» («Cómo actuó…», Clarín), «Fue un calor concentrado…» («La Policía…», Clarín), «Visitó en más de una oportunidad…» («Masacre de…», Crónica).

Entre los perfiles de Álvarez González pueden destacarse: Mochkofsky, Graciela…, Página 12; «De la…», Clarín; y «Un español…», Diario Popular.

Más aportes esenciales de los diarios:

El recuerdo de Marcuzzo sobre José Bagnato, contado a la prensa («Sospechan que…», Clarín).

La frase del homicida acerca de la ruptura de la sociedad («Un español…», Diario Popular).

El testimonio de Norma sobre su encuentro con Fructuoso en la casa de este («De la…», Clarín; Gambini, Héctor…, Clarín; Pizarro, Emilse…, Infobae.com).

Los dichos de Ocksengendler y Contreras, hechos al periodismo («Sospechan que…», Clarín).

El relato de Norberto Corda («El principal…», Crónica; «Inician juicio…», Crónica; Pizarro, Emilse…, Infobae.com; «Las pericias…», Página 12; «La estrategia…», Diario Popular; «Juicio por…», Clarín).

Las declaraciones de Penna («Mis hermanos…», La Nación; «Escuché a…», Clarín), Olivera (Messi, Virginia…, Clarín; «Murieron cinco…», La Nación) y los peritos citados como testigos: Herrán («Vieron el…», Diario Popular; «Caso Bagnato…», La Nación), Mancini y Mac Gregor (Ourfali, Gustavo…, Diario Popular).

El descargo de Álvarez González ante el tribunal: «Ese día me moví…» («Las pericias…», Página 12), «dijeron de mí…» («Tras escuchar…», Crónica).

El prontuario de Fructuoso («Estaría cercado…», Diario Popular; «Masacre de…», Crónica, 22/2/1994; «Masacre de…», Crónica, 28/2/1994; Mochkofsky, Graciela…, Página 12; «La Policía…», Página 12).

Las palabras del empresario saunero Corapi («Masacre de Flores…», Crónica, 28/2/1994).

El antecedente del matrimonio Marino («Juez confirma…», Diario Popular; «Masacre de…», Crónica, 28/10/1995; «Masacre de…», La Nación).

Las acusaciones de Allevato y Mercado («Testigos aseguran…», Diario Popular).

Los dichos de Cacho sobre las víctimas («Acusado amplió…», Diario Popular; «Un momento…», Diario Popular; «Las últimas…», Diario Popular).

Y los testimonios de Giuliti («Tenían seguro…», Diario Popular) y Pozzi («El único…», Clarín).

Bibliografía

Libros

Pucciarelli, Alfredo (compilador). Los años de Menem. Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.

Read, Piers Paul. ¡Viven! La tragedia de los Andes. Barreiro y Ramos, Montevideo, 1974.

Rebollar, Alicia Irene. Mucho más que dolor y lazos de sangre. El activismo de las víctimas en la Asociación Civil Madres del Dolor. Dunken, Buenos Aires, 2019.

Academia

Santamaría, Rosana ¡Justicia a la Justicia! Estudio etnográfico sobre los reclamos de justicia de la Asociación Civil Madres del Dolor. Tesis de Maestría en Antropología Social. Universidad Nacional de San Martín, Argentina, 2014.

Trincheri, Marcela Inés. Las concepciones de derechos humanos que subyacen en las praxis de las organizaciones de familiares de víctimas de la violencia institucional surgidas en democracia. Tesis de Maestría en Derechos Humanos. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 2013.

Documentos

Causa 180/1995. Bagnato-Álvarez González. Tribunal Oral Criminal 12, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sentencia del 10/11/1995.

Prensa

«Acusado amplió declaración». Diario Popular, Buenos Aires, 28/10/1995.

Ambrosig, Ricardo. «La tragedia del El Palmar». Norte, Resistencia, 5/2/2017. En Diarionorte.com.

«Así actuó el incendiario» (infografía). Diario Popular, Buenos Aires, 18/2/1994.

«Caso Bagnato: El fuego fue intencional». La Nación, Buenos Aires, 20/10/1995.

«Cómo actuó el criminal» (infografía). Clarín, Buenos Aires, 20/2/1994.

«De la lealtad familiar al odio y la traición». Clarín, Buenos Aires, 20/3/1994.

«El principal testigo acusa». Crónica, Buenos Aires, 14/10/1995.

«El tiempo», La Nación/Economía y Negocios, Buenos Aires, 17/2/1994.

«El único sobreviviente del incendio dijo que hubo un solo asesino que mató por codicia». Clarín, Buenos Aires, 20/3/1994.

«Escuché a Matías maldecir a alguien». Clarín, Buenos Aires, 18/2/1994.

«Estaría cercado el cómplice de la brutal masacre de Flores». Diario Popular, Buenos Aires, 23/2/1994.

Gambini, Héctor. «Los miedos de Abu». Clarín, Buenos Aires, 17/7/2016.

«Inician juicio por la masacre de Flores». Crónica, Buenos Aires, 13/10/1995.

«Juez confirma que acusado tiene otra causa por incendio». Diario Popular, Buenos Aires, 31/10/1995.

«Juicio por la masacre de Flores: el acusado se mostró desafiante». Clarín, Buenos Aires, 14/10/1995.

«La estrategia de la defensa». Diario Popular, Buenos Aires, 14/10/1995.

«Las pericias que faltan». Página 12, Buenos Aires, 14/10/1995.

«La Policía cierra el cerco sobre Cacho y el Gallego». Página 12, Buenos Aires, 22/2/1994.

«La Policía ya tiene identificado al cómplice del único detenido». Clarín, Buenos Aires, 23/2/1994.

«Las últimas palabras de Fructuoso». Diario Popular, 1°/11/1995, Buenos Aires, 1°/11/1995.

«Masacre en Flores» (infografía). Clarín, Buenos Aires, 18/2/1994.

«Masacre de Flores: Cae sospechoso; es un primo de la mujer de Bagnato». Crónica, Buenos Aires, 22/2/1994.

«Masacre de Flores: El acusado habría cometido otro incendio». Crónica, Buenos Aires, 28/10/1995.

«Masacre de Flores: Nauseabundos entretelones». Crónica, Buenos Aires, 28/2/1994.

«Masacre de Flores: Piden perpetua para Álvarez González». Crónica, Buenos Aires, 9/11/1995.

«Masacre de Flores: Un controvertido juicio». La Nación, Buenos Aires, 28/10/1995.

Messi, Virginia, y Firpo, Hernán. «Venganza: prenden fuego un chalé y matan a 5 personas». Clarín, Buenos Aires, 18/2/1994.

«Mis hermanos y mis padres estan adentro hagan algo». La Nación, Buenos Aires, 18/2/1994.

Mochkofsky, Graciela. «La historia de Cacho». Página 12, Buenos Aires, 22/2/1994.

«Murieron cinco personas por un incendio intencional». La Nación, Buenos Aires, 18/2/1994.

Ourfali, Gustavo. «Peritos aseguran que imputado es un paranóico». Diario Popular, Buenos Aires, 3/11/1995.

«Piden prisión perpetua para el único acusado». Diario Popular, Buenos Aires, 9/11/1995.

Pizarro, Emilse. «A 25 años de la masacre de Flores: Matías Bagnato, el único sobreviviente, teme el regreso del asesino». Infobae.com, Buenos Aires, 17/2/2019.

«Sospechan que la casa de los Bagnato fue quemada por un grupo organizado». Clarín, Buenos Aires, 19/2/1994.

«Tenían seguro contra incendio por US$ 170 mil». Diario Popular, Buenos Aires, 28/10/1995.

«Testigos aseguran que fueron intimidados por el imputado». Diario Popular, Buenos Aires, 8/11/1995.

«Tras escuchar su condena dijo que todo fue culpa de la prensa». Crónica, Buenos Aires, 11/11/1995.

«Un español con una historia muy particular». Diario Popular, Buenos Aires, 1°/11/1995.

«Un momento emotivo». Diario Popular, Buenos Aires, 14/10/1995.

«Vieron el rostro del asesino antes de morir». Diario Popular, Buenos Aires, 20/10/1995.

Internet

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Poema

«¿Qué hará María? En la tierra / ya no se arraiga su vida. / ¿Dónde irá? Su pecho encierra / tan honda y vivaz herida, / tanta congoja y pasión, / que para ella es infecundo / todo consuelo del mundo, / burla horrible su contento, / su compasión un tormento, / su sonrisa una irrisión».

Estos versos del poema La cautiva, de Esteban Echeverría, rinden homenaje a todas las mujeres que padecen la violencia ejercida sobre ellas y los suyos. Las protagonistas de la presente historia fueron ciudadanas, trabajadoras y amas de casa anónimas, hasta que la tragedia les asignó un bautismo inesperado: Madres del Dolor.

Citas y signos

La forma de reproducir los dichos de otros suele cambiar con los autores, los géneros y las tradiciones. Por eso, quizás sea útil explicitar el criterio aplicado en esta narración, que involucra dos signos ortográficos:

  1. El guión de diálogo o raya (—): Acompaña las declaraciones recogidas personalmente; esto quiere decir, producto del contacto del autor (también podría ser un colaborador suyo) con alguien; sea cara a cara o mediante algún sistema de comunicación, como por ejemplo el teléfono o internet. Estas citas son directas cuando refieren palabras del propio entrevistado e indirectas cuando reproducen los dichos de alguien contados por un tercero. Una función alternativa de la raya en la presente crónica es encerrar conceptos u oraciones aclaratorios.
  2. La comilla («): Se ha aplicado en las alocuciones extraídas de distintos registros materiales. La bibliografía anexa propone estas categorías: libros, academia, documentos, prensa, internet y audiovisual. Es el único cometido de la comilla en la historia.
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