¿Qué hará María?

¿Qué hará María? (episodio 5)

Las heroínas de esta crónica fueron mujeres, ciudadanas, trabajadoras y amas de casa anónimas, hasta que la tragedia les asignó un bautismo inesperado: Madres del Dolor.

Por Lucio Casarini (cronista) y Daniela Díaz Arz (ilustradora)

Con alrededor de 20 mil habitantes, Aldo Bonzi es una de las localidades más modestas del partido bonaerense de La Matanza. Entre 2001 y 2010, últimos censos nacionales de población, pasó de 13.410 a 18.175 moradores; en ambos cálculos ocupa el puesto 14 sobre 15 jurisdicciones del distrito. El paraje se caracteriza por su atmósfera pueblerina, sus viviendas bajas y sencillas, el juego de los niños en las veredas alfombradas de gramilla, los vecinos que toman mate en las mesas y los bancos de cemento de la plaza central Martín Fierro, y la división del casco urbano por las vías del Ferrocarril Belgrano Sur. El tren nace en la ciudad de Buenos Aires, pasa por estación Aldo Bonzi y continúa hacia el suroeste. Una bifurcación del trazado férreo en sentido sur se detiene en estación Castello. La autopista Riccheri, que cruza al sureste de la zona residencial, permite llegar en auto hasta o desde el centro porteño en menos de una hora. A un kilómetro y pico del caserío, en igual sentido, pasa un brazo del río Matanza, que dos kilómetros después, con la misma orientación, da en la corriente principal. Ambos flujos de agua son los límites naturales de la comarca.

Uno de los accesos automotores de Bonzi, como llaman el sitio los lugareños, es vulgarmente denominado la Entrada de los Perros, porque bordea el Centro de Adiestramiento y Crianza de Canes de la Policía Bonaerense, una edificación de una planta rodeada de un parque con alambrado olímpico situada al inicio y a la izquierda. Con dos carriles en cada sentido, la calle Ana María Janer, nombre oficial de la senda, enlaza con la Riccheri y pasa bajo un puente ferroviario. «Aldo Bonzi – Bienvenidos» y «Buen viaje – Los esperamos», se lee a uno y otro lado de la estructura superior del viaducto, en blanco sobre negro. De la autopista al puente hay medio kilómetro desierto de casas y perfumado con el aroma de pinos, eucaliptos, paraísos, palmeras y cañaverales; a la derecha se ven la alambrada y los caballos de un centro de equinoterapia para personas con discapacidad. El zumbido del tránsito de la autopista, el ladrido de los perros y el relincho de los caballos son los únicos sonidos que alteran la quietud. Después del pasadizo ferroviario asoman las primeras viviendas, a mano izquierda.

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Daniel Sosa, su esposa Beatriz y los hijos de ambos, Javier y Daniela.

Por la Entrada de los Perros iba aquella noche cálida y estrellada Daniel Alejandro Sosa, apodado el Negro, de 33 años, padre de dos hijos, camionero de profesión y vecino de Aldo Bonzi de toda la vida. Volvía de la ciudad de Buenos Aires en su automóvil, un Volkswagen Gol patente CJR 651 recién estrenado de color blanco. El coche avanzaría solitariamente con un resplandor que lo haría visible, debido a que llevaría las luces encendidas y a que su pintura reluciente multiplicaría el efecto de las sucesivas farolas de iluminación municipal.

Daniel vestía el uniforme de trabajo: camisa y pantalón azules de algodón, estilo Grafa, y zapatos negros con suela de goma y punta reforzada con aluminio. Manejaba con cierta molestia, pues le dolía el tobillo derecho por un esguince leve. La lesión, que lo había obligado a retirarse de su empleo nocturno en la empresa de transporte Expreso Ruta 12, cuyos galpones quedan en el barrio porteño de La Boca, había sido diagnosticada por los médicos encargados de la guardia del Hospital Británico, en el barrio de Constitución.

La especialidad del Negro como chofer era el acarreo de combustibles líquidos, un rubro que usa camiones gigantescos, habitualmente con acoplado. Como era menudo físicamente, el joven lucía diminuto al volante de uno de aquellos mastodontes con ruedas, cuya conducción exige una capacidad motriz óptima. El hecho de que ejercía su oficio de noche supone una demanda extra, pues la ausencia de luz solar requiere mayores visión, lucidez y reflejos en un conductor. Además, Daniel estaba curtido para lidiar con imponderables de una amplia variedad: inconvenientes en el tránsito, fenómenos meteorológicos, desperfectos en el vehículo, la posibilidad de incendios y explosiones considerables, o el virtual asalto de criminales atraídos por su cargamento.

Aquel día, tras doblarse el pie mientras subía al Scania modelo 2000 que tenía asignado, el joven había decidido, por prudencia, suspender el itinerario previsto y partir hacia el centro de salud. Lo hizo en su automóvil, a pesar de la lesión, porque podía pisar los pedales del vehículo si lo hacía con cuidado y durante un trayecto razonable. Por otra parte, era viernes y la noche siguiente tendría franco. Si se iba en un transporte alternativo, el coche quedaría en La Boca todo el fin de semana.

En simultáneo, el Negro llamó con su teléfono celular a la familia para ponerla al tanto del cambio de planes. Como estaba peleado con su esposa Beatriz —con quien vivían Daniela de 11 años y Javier de 8, los hijos de ambos—, Daniel se alojaba en casa de sus padres. Por tanto, allí se comunicó. El primer contacto fue a eso de las 21, desde Transportes Ruta 12. Alrededor de las 22 volvió a hablar, esta vez desde el hospital.

Circulaba entonces Daniel Sosa aquella noche en su Volkswagen Gol radiante por la Entrada de los Perros cuando comenzó a sonar el timbre del teléfono móvil, que marcaba las 23.50 del 2 de febrero de 2001; quien llamaba era Amelia Beatriz Sosa, su hermana mayor.

—¿Dónde estás, Machito? —le preguntó ella, usando el seudónimo cariñoso con que solía nombrarlo.

—Ame, estoy en la entrada de Bonzi, me cruzaron una camioneta —dijo él nervioso.

—¿Cómo que te cruzaron una camioneta? —se alarmó ella, tanto por el contenido como por el tono de la desconcertante respuesta de su hermano.

—Sí, tengo unos hijos de puta apuntándome con un revólver; no entiendo nada —agregó él.

—Te mando a buscar —contestó ella, presa del espanto, pues percibía que el Negro hablaba en serio.

—Sí, mandame al Flaco urgente —remató el camionero; el Flaco era Omar, el menor de los cuatro hermanos Sosa; entonces la comunicación se cortó.

Daniel Sosa (derecha) con sus tres hermanos en la primera comunión de Omar (centro); detrás están Amelia y María de los Ángeles.

Según las pericias forenses, eran las 23.55 cuando Daniel recibió un balazo en el corazón disparado a quemarropa, desde medio metro de distancia. Minutos después, a las 24.02, murió. Los otros dos proyectiles encontrados en el cuerpo impactaron tras el deceso, mientras estaba tirado de bruces: uno en una nalga, con daño en los testículos, y otro en una pierna. El segundo y el tercer disparo habrían buscado simular un intento de fuga. Las tres balas fueron gatilladas desde el mismo arma: un revólver Taurus calibre 38 que pertenecía a Ramón Aníbal Olivera, de 59 años, suboficial principal de la comisaría primera de San Justo —localidad cabecera del partido de La Matanza— y, como el Negro Sosa, vecino de Bonzi desde siempre.

El cadáver fue hallado en la calle San José, a casi un kilómetro del comienzo de la Entrada de los Perros y a 20 metros del domicilio de Olivera, un sitio aislado visualmente, pues uno de los lados de la arteria está cubierto por un tapial que alcanza hasta ocho metros de altura: el contrafrente de unos talleres que en ese tiempo eran propiedad de Spinazzola, fábrica de implementos para exposiciones. A metros de allí, en la intersección de San José y Migueletes, está el margen sur del trazado urbano, que limita con tierras que pertenecen al tren.

El escenario del crimen. Línea blanca hasta la marca 1: recorrido del vehículo de Daniel Sosa. Línea blanca hasta la marca 2: recorrido del vehículo del asesino, Ramón Olivera. Marca 1: puente ferroviario de la entrada de los perros. Marca 2: casa de Ramón Olivera (Google Maps).

El cuerpo habría sido trasladado en la Ford Ranger 4×4 gris con vidrios oscuros de Olivera, que tenía sangre de Sosa en el parante de una puerta, y en unos guantes de cuero y un trapo hallados dentro. Además, el exterior de la camioneta tenía cuatro tiros de otro revólver, hallado junto al cadáver: una pistola Beretta 6.35 que carecía de patente —era ilegal— y de las huellas dactilares de la víctima. Daniel, de todas formas, no tenía restos de pólvora en las manos y no sabía disparar.

Los balazos sobre el vehículo fueron efectuados en la calle San José. La seguidilla de impactos se escuchó desde todos los rincones del pueblo y más lejos también. El estampido redundante sobre la chapa se multiplicó con un eco particular. Algunos imaginaron una batería de pirotecnia encendida con motivo de alguna celebración.

Por otra parte, Olivera estaba con licencia médica como resultado de una herida de bala que había recibido tiempo antes cerca del vientre. Dos pequeñas bolsas que le colgaban del sector lastimado hacían evidente la cura que estaba recibiendo. «Vivía en estado de shock, ya que seis meses antes había sido baleado por delincuentes que me interceptaron en la puerta de mi casa cuando circulaba en la misma camioneta», contaría Ramón; «estuve grave y sufrí tres intervenciones quirúrgicas para luego quedar internado en el hospital Churruca durante 23 días y seguir en tratamiento durante 100 días más».

En esas condiciones, para Olivera resultaba imposible mover el cadáver de un hombre. Además, el relato telefónico de Daniel para su hermana Amelia había sido que «unos hijos de puta», o sea más de una persona, lo habían emboscado. Esto confirmaría la conjetura de que Roque y David, hijos de Ramón y también miembros de la Bonaerense, participaron en el crimen.

Tal versión es coherente con los dichos de Luis Sierra, de 15 años, que vio la Ford Ranger llegar sigilosamente del lado de la Entrada de los Perros con los cristales cerrados y estacionar cerca de la casa de los Olivera precedida por el Volkswagen Gol. El chico estaba con otro adolescente en la esquina de San José y Migueletes. Se aproximó en bicicleta tras escuchar los disparos y distinguió un cuerpo tendido en la calle. —Vos no sabés a quién mataste, es el Negro Sosa —le dijo Sierra a Roque Olivera, que estaba con David y Ramón, los tres vestidos de civil. —Tomatelá porque te bajo como a este Negro —reaccionó Roque apoyando un revólver en el cuello del muchacho, que huyó.

Luis Sierra es el único espectador directo que dio testimonio ante las autoridades, inicialmente acompañado por sus padres. Pero hay más vecinos que presenciaron la escena. La familia Sosa sabe, por ejemplo, de una señora que paseaba el perro en las cercanías; otra mujer que vivía en un pasillo al fondo; un hombre que se quedó escondido detrás de un árbol; y un adolescente que habría visto todo desde la terraza de su vivienda.

El chalet de una planta de la izquierda es la casa del asesino; la flecha señala el lugar en el que fue arrojado el cuerpo de Daniel, a la altura del auto gris; allí está el monolito en homenaje de la víctima (Google Maps).

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—Mi hijo era un camionero, un negrito, por eso me costó encontrar justicia —dice Elsa del Carmen Gómez de Sosa, mamá de Daniel y la más longeva de las fundadoras de la Asociación Civil Madres del Dolor. Durante años colaboró como ciudadana en dos organismos estatales: el Centro Bonaerense de Protección de los Derechos de las Víctimas y el Programa Nacional de Lucha Contra la Impunidad. Es una mujer nacida en la ciudad de Catamarca, pequeña de estatura y de cabello corto gris; habla entrecerrando sus ojos negros, pasional y convincente, recordando cómo empezó su reclamo; una lucha en la que la acompañó su marido Miguel, el papá de los chicos, actualmente jubilado como responsable del bar de El Cultural, un club de los alrededores.

Elsa está sentada tras un escritorio en la recepción de la sede de la ACMdD. Junto a ella, en una cartelera de corcho, entre papeles de múltiples colores y tamaños con anotaciones hechas a mano, un afiche dice: «Me puedo caer, me puedo herir, puedo quebrarme, pero con eso no desaparecerá mi fuerza de voluntad. Cualquiera que sea la pregunta, la respuesta es el Amor. Cualquiera que sea el problema, la respuesta es el Amor. Cualquiera que sea la enfermedad, la respuesta es el Amor. Cualquiera que sea el dolor, la respuesta es el Amor. Cualquiera que sea el miedo, la respuesta es el Amor. El Amor es siempre la respuesta… Porque el Amor es todo lo que existe. Madre Teresa de Calcuta».

En una pared con retratos de numerosos niños y jóvenes de ambos sexos víctima de la violencia se ve la cara de Daniel, que mira de frente sin expresión, como en una foto tipo carnet. Los ojos oscuros, el rostro alargado, la piel morena, y el cabello corto y abundante, hasta mitad de la frente, son herencias evidentes de su progenitora.

—Esa noche, el médico de la ambulancia que se llevó el cuerpo de mi hijo me aconsejó que buscáramos un abogado, porque había algo raro —recuerda Miguel Sosa, un hombre de ojos marrones, piel más pálida que la de su mujer, cabeza calva y estatura también inferior a la media; está parado junto a ella una mañana soleada en que ambos participan de un concurrido homenaje a Marcela Brenda Iglesias en el paseo homónimo.

Ramón Aníbal Olivera, condenado a cadena perpetua.

Ramón Olivera fue detenido y quedó bajo el régimen de prisión preventiva. Tres meses después, la Cámara de Apelaciones de La Matanza, por supuesta falta de pruebas, liberó al policía, que volvió a trabajar y vestir el uniforme. En su casa lo recibieron su esposa Inocencia y los seis hijos de ambos: Roque, David, otros dos varones —luego también policías— y dos chicas.

—Mi experiencia fue terrible, era una simple mamá contra toda una institución y contra un buen vecino —continúa Elsa en referencia a la Bonaerense, Ramón Olivera y la frecuencia con que los crímenes cometidos por integrantes de las fuerzas gubernamentales quedan impunes. La calificación irónica de buen vecino denota uno de los aspectos más duros de la odisea de la familia Sosa: la resistencia social e institucional a investigar y condenar a quienes ostentan cargos y uniformes. Por todo esto, hasta que se hizo el juicio y después también, la mamá de Daniel empapeló Aldo Bonzi con volantes y carteles sobre la muerte de su hijo y los presuntos autores del homicidio.

Miguel y Elsa, padres de Daniel Sosa, reclamando justicia en la época del juicio, 2004 (Página 12).

«Reza todas las mañanas frente a la casa del suboficial acusado de asesinar a su hijo», tituló el diario La Nación dos meses después del crimen. «Son las 8.30 y, como todas las mañanas, Elsa Gómez de Sosa, madre de la víctima, reza. En silencio. Cada tanto, dirige su mirada hacia la casa de la familia Olivera», relata la noticia. «La mujer lleva un rosario blanco colgado del cuello y una bolsa llena de afiches con la foto de su hijo. Hay carteles en las paredes y en los postes de luz. La mujer los pega al mismo ritmo con el que son arrancados», describe la crónica. «Entre restos de los carteles que pegó Elsa Gómez de Sosa, se alcanza a leer: ‘Si se meten con mis hermanos, mejor empiecen a cuidar a sus hijos’. Acaso una amenaza de los Olivera», alerta el artículo, señalando el peligro al que se exponía la denunciante.

Varios fueron los atentados directos contra la mamá del Negro; todos protagonizados por hombres a bordo de automóviles; la mayoría, mientras ella caminaba en la vía pública, sola o acompañada de una nieta, pegando carteles sobre el homicidio. Una vez, un coche se le tiró encima, le impactó una pierna y le provocó una fractura; como consecuencia, Elsa estuvo enyesada durante meses. En una oportunidad posterior, pudo escapar de otro vehículo que la acosaba porque un vendedor ambulante intervino sonando su silbato. Tiempo después ocurrió la agresión más violenta, que fue ejecutada por Roque Olivera, según cuenta ella:

—Estaba pegando un volante en el árbol que está frente a su casa y llega Roque en auto; se bajó, arrancó el volante, lo hizo un bollo y me lo tiró en la cara; estaba de uniforme y armado; entonces yo puse otro volante en el parabrisas del coche; sacó el volante, lo tiró y se subió al auto; entonces yo me paré enfrente del coche y le exigí que me mirara, que nunca se iba a olvidar de mí; y le dije: mi corazón me dice que vos lo mataste y tu papá se hizo cargo, yo sé que vos lo mataste; en ese momento arranca violentamente y me pega en el vientre; terminé en terapia intensiva en el Hospital Durand.

Daniel Alejandro Sosa.

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El juicio se realizó en 2004 en el Tribunal Oral y Criminal 3 de La Matanza. Ramón Olivera, único acusado, se presentó en libertad y de uniforme. Sus hijos Roque y David se mostraron entre el público también con indumentaria policial. Olivera padre dijo que todo había ocurrido frente a su vivienda y que la víctima había intentado robarle el vehículo; además, mencionó un tercer rodado, de color gris: «Salí con la camioneta y se me cruzó un coche gris que se me puso adelante; detrás había un automóvil blanco, desde el que me dispararon dos veces por la ventanilla; siento que me disparan desde atrás; me agacho; siento que me tiran de nuevo; me bajo de la camioneta, digo policía y luego disparo».

«Ante los jueces quedó probado que Daniel no agredió a Olivera y que este literalmente lo fusiló para luego fraguar un enfrentamiento inexistente», sintetizó Gabriel Becker, abogado de la familia de la víctima; «luego dispararon con un arma cuatro tiros contra su 4×4 y finalmente le plantaron esa arma a la víctima para justificar el crimen», denunció; «todos los llamados efectuados entre la casa de la familia Sosa y el celular de Daniel entre las 21 y las 23.50 se encuentran probados en la causa por datos que entregó la compañía telefónica».

—Daniel trabajaba como camionero de sol a sol —dice Miguel Sosa—; ganaba relativamente buena plata, que le alcanzaba para mantener a su familia y que le permitió comprarse un Volkswagen Gol; nuestro hijo no era ladrón como dijeron los Olivera; tenía su trabajo, no sabía disparar y además odiaba las armas.

Elsa y Miguel, padres del Daniel Sosa, en la actualidad.

El tribunal castigó a Ramón con 18 años de cárcel por homicidio simple. «En orden a la solicitud de la señora fiscal de juicio [Gabriela Risutto]», agrega el fallo, «se pide extraer testimonios respecto de David y Roque Olivera». Sin embargo, estos nunca serían investigados.

El convicto, que había ido a las cinco jornadas del debate, se ausentó de la lectura de la sentencia. Días después fue declarado prófugo. El Gobierno bonaerense ofreció por su captura una recompensa de 30 mil pesos, más o menos el salario anual de un trabajador argentino promedio, que luego subió a 50 mil.

«Lo más atinado era que, desde el momento del alegato hasta la condena, tres días después, se pusiera al menos una consigna», dijo Gabriel Becker; «la investigación para hallar a Olivera fue increíblemente encomendada a sus pares de la Bonaerense y existió una notoria actitud corporativa que no permitió encontrarlo», agregó; «pedimos que la búsqueda quede a cargo de un organismo de inteligencia ajeno a la Bonaerense. Pese a que se hizo justicia con la condena, si Olivera sigue prófugo los familiares de Daniel seguirán con la terrible sensación de burla, dolor e injusticia».

—Olivera tiene cuatro hijos y son todos policías —dice Elsa Gómez—; si ellos están en la Bonaerense, cómo se pudo pretender que esa misma fuerza lo buscara.

Pasaron más de tres años hasta que, en 2007, Ramón fue detenido en la ciudad de Bragado, a unos 200 kilómetros de Aldo Bonzi; habitaba una vivienda precaria, usaba una identidad falsa —Juan Preto o Pretto—, se había dejado crecer la barba y andaba en bicicleta. Lo descubrió un policía del barrio que dijo haber visto su retrato en televisión. Elsa Gómez había sido entrevistada por Prófugos, una emisión para la pantalla chica que se veía en toda la provincia. Tiempo después, el convicto fue beneficiado con la prisión domiciliaria por su edad avanzada  y supuestos inconvenientes de salud.

En la actualidad, Roque y David Olivera siguen en la Bonaerense. En 2011, el primero fue ascendido a subjefe de la Comisaría Séptima del partido de Morón.

Daniel Sosa con meses de vida.

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Puede parecer extraño que la víctima y sus oponentes ignoraran la identidad de quien o quienes tenían delante en el momento crucial, tomando en cuenta que eran vecinos desde hacía décadas en una aldea reducida como Aldo Bonzi. Una respuesta posible para este enigma es que el Volkswagen Gol era nuevo y por tanto desconocido en la zona; otra, que el hecho ocurrió en un horario en el que Sosa habitualmente trabajaba a bordo de su camión. De cualquier forma, si los Olivera cometieron un error acerca de quién era el emboscado, se desengañaron apenas pudieron verle el rostro con nitidez. Daniel, por su parte, quizás se reservó los nombres de los atacantes, en la comunicación telefónica con su hermana Amelia, con la esperanza de que aquellos se sintieran menos expuestos y evitar así un desenlace fatal.

Daniel Sosa en el jardín de infantes.

Pero lo que más intriga a los conocedores del caso es cómo pudo Ramón Aníbal Olivera ser propietario de una Ford Ranger 4×4, valuada en 45.000 pesos, si su salario era de 820 mensuales. El tribunal, al condenarlo por homicidio simple, además de ignorar la condición de policía del agresor —algo que le podía merecer la cadena perpetua—, la necesaria participación de otros actores —virtualmente también agentes estatales—, el complot para dar vuelta las pruebas y la violencia posterior contra la familia del muerto, descartó conjeturas elementales.

Por caso, que el o los asesinos participaran en una de las mafias que en esa época se dedicaba a robar autos en el Conurbano para venderlos a desarmaderos clandestinos. Se trata, justamente, del delito más común en ese tiempo entre los miembros de la Bonaerense pescados en actividades ilícitas, tomando en cuenta las estadísticas del Ministerio de Seguridad provincial.

La hipótesis de que los Olivera actuaban como piratas del asfalto —ladrones de coches— ha sido sostenida desde el principio por la familia de la víctima. El supuesto abre un abanico de posibilidades: quizás atacaron a Daniel para hurtarle el vehículo; o acaso lo confundieron con un forajido rival y quedó en medio de una interna mafiosa; de hecho, el truculento episodio en el que Ramón había sido baleado meses antes podría tener las características de un ajuste de cuentas.

En 2001, el año del asesinato del Negro Sosa, en la Argentina fueron robados 51.246 autos; esto es, uno cada 10 minutos; el 93 por ciento en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires; de acuerdo con cifras del Registro Nacional del Automotor. El 40 por ciento de esos vehículos se destinó al desguace, o sea que fue cortado en desarmaderos, según la Secretaría de Seguridad de la Nación. Destinos alternativos habituales en ese tiempo eran su uso en otros delitos; su transformación en mellizos o en remises truchos; y su venta a países limítrofes, principalmente Paraguay; tomando en cuenta información de la Policía Federal. Igual cifra, 40 por ciento, son las veces que tales hechos ocurrieron a punta de pistola, según el Centro de Experimentación y Seguridad Vial (Cesvi). Una modalidad extendida era el llamado robo peaje, que consiste en obstaculizar de alguna manera el camino para que la víctima tenga que parar su rodado. En tal marco, el peor escenario le tocó al partido bonaerense de La Matanza. Tomando números de la Fiscalía General del distrito, con 7.752 crímenes de esta clase, lo que supone cerca de uno por hora, en 2001 fue la jurisdicción del país en la que se levantaron más vehículos.

Fuentes

El cronista charló con Elsa Gómez y personas de su entorno en reiteradas oportunidades. Entre los allegados de la mamá de Daniel se destaca el diálogo con su esposo Miguel y su nieta Florencia, la misma que caminaba con ella pegando volantes por Bonzi. Además, el autor ha coincidido con Amelia, María de los Ángeles y Omar, los hermanos de la víctima; también con el abogado Gabriel Becker y su socio David Berstein; asimismo, claro, con el resto de las integrantes de la ACMdD.

El relato se apoya además en la causa judicial, la visita de los escenarios, la prensa y otras publicaciones, y el Servicio Meterológico Nacional («El tiempo», La Nación), que predice una jornada parcialmente nublada y brumosa, una temperatura máxima de 30 grados y un viento noreste tornando al suroeste de hasta 25 km/h. Elsa Gómez recuerda la noche de la tragedia como estrellada y la crónica da crédito a su palabra.

La estadística demográfica está en los Censos Nacionales de Población de 2001 y de 2010.

Los libros de Alicia Irene Rebollar (caps. 2, 3 y 4), Analía Artola (pp 259-266) y Cecilia de Vecchi (cap. 8) han servido para completar el contexto de la historia. Igual que el estudio de Marieke Denissen (caps. 5 y 8).

El esguince del Negro quedó registrado en la historia clínica del Hospital Británico, que incluye una radiografía realizada por los médicos de guardia.

Varios empleados de la empresa Transportes Ruta 12 confirmaron durante el juicio oral detalles sobre la dobladura de Daniel y su trabajo cotidiano.

La comunicación telefónica entre la víctima y su hermana Amelia fue reproducida por esta. Esa llamada fue la última de una serie que comenzó a las 21, cuando el camionero avisó a sus parientes que iba al hospital. Todas estas comunicaciones, con horario y duración, están en los resúmenes de las empresas Movicom —celular del camionero— y Telefónica —hogar de los Sosa—.

Los testimonios de Ramón Olivera fueron tomados de la causa judicial. Las palabras de Roque y Luis Sierra fueron recordadas por Elsa Gómez.

La impunidad de la Policía es descripta por el Centro de Estudios Legales y Sociales, y Human RightsWatch (Apartado III: Procedimientos y prácticas que favorecen la brutalidad policial, pp. 38-53).

Para presentar la lucha de Elsa fue esencial la crónica citada («Reza todas…», La Nación). También han sido de gran ayuda varias coberturas suplementarias sobre las agresiones contra la mujer («Víctimas, una…, Aldo Bonzi Hoy; «‘Seguiré denunciando…'», Diario Popular; «La riesgosa…», Página 12) y otros aspectos del caso («Quedó libre…», Diario Hoy; «Piden 23…», La Nación; Sassone, Martín…, 20/4/2004; Aranda, Darío…, Página 12).

Las citas de Becker están en los diarios (Sassone, Martín…, 30/4/2004; «Quedó libre…», Diario Hoy).

Las recompensas ofrecidas por Ramón fueron publicadas por el Ministerio de Seguridad Bonaerense (resoluciones 1150 de 2004 y 019 de 2006). El salario anual de un trabajador promedio es una cifra oficial que está en la prensa («Los sueldos…», Clarín).

La captura del convicto se apoya en otra cobertura periodística («La Policía…», Bragado-virtual.com).

El nombramiento de Roque como subjefe en Morón fue denunciado por la ACMdD («Escandaloso ascenso…», Asociacionmadresdeldolor.blogspot.com.ar).

El agravante de la condición de policía del o los asesinos está en el artículo 80, inciso 8, del Código Penal de la Nación: «Se impondrá reclusión perpetua o prisión perpetua al que matare abusando de su función o cargo, cuando fuere miembro integrante de las fuerzas de seguridad, policiales o del servicio penitenciario».

El recibo de sueldo de Ramón de 820 pesos mensuales está incluido en la causa judicial.

De las noticias fueron extraídos asimismo el dato sobre policías procesados por el robo de autos (Morosi, Pablo…, La Nación) y el panorama general sobre este delito en aquel tiempo («Robo de…» y «La mayor…», ambos de Clarín; y Rodríguez, Fernando…, La Nación).

Bibliografía

Libros

Artola, AnalíaYael. Mujeres de La Matanza. Colección La Matanza, mi lugar. Secretaría de Cultura y Educación, Municipio de La Matanza, 2009.

Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y Human Rights Watch (HRW). La inseguridad policial. Violencia de las fuerzas de seguridad en la Argentina. EUDEBA, Buenos Aires, 1998.

De Vecchi, Cecilia. En tu nombre. Dunken, Buenos Aires, 2015.

Rebollar, Alicia Irene. Mucho más que dolor y lazos de sangre. El activismo de las víctimas en la Asociación Madres del Dolor. Dunken, Buenos Aires, 2019.

Academia

Denissen, Marieke. Winning small battles, losing the war. Police violence, the Movimientodel Dolor and democracy in postauthoritarian Argentina. PhD thesis in Social Sciences. Utrecht University, TheNederlands, 2008.

Santamaría, Rosana ¡Justicia a la Justicia! Estudio etnográfico sobre los reclamos de justicia de la Asociación Civil Madres del Dolor. Tesis de Maestría en Antropología Social. Universidad Nacional de San Martín, Argentina, 2014.

Trincheri, Marcela Inés. Las concepciones de derechos humanos que subyacen en las praxis de las organizaciones de familiares de víctimas de la violencia institucional surgidas en democracia. Tesis de Maestría en Derechos Humanos. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Universidad Nacional de La Plata, Argentina, 2013.

Documentos

Censo Nacional de Población, Viviendas y Hogares. 2001 y 2010. Instituto Nacional de Estadística y Censos. República Argentina.

Código Penal de la República Argentina. Modificado por la ley 25.816/2003, que introduce el artículo 80 y otros sobre las fuerzas estatales. Boletín Oficial 9/12/2003.

Resolución 1150/2004. Recompensa de 30 mil pesos por Ramón Aníbal Olivera. Ministerio de Seguridad. Provincia de Buenos Aires. Boletín Informativo 25, 23/7/2004.

Resolución 19/2006. Recompensa de 50 mil pesos por Ramón Aníbal Olivera. Ministerio de Seguridad. Provincia de Buenos Aires. Boletín Informativo 5, 17/1/2006.

Olivera, Ramón Aníbal. Causa 920/2002. Tribunal Oral Criminal 3 de San Justo. Provincia de Buenos Aires, sentencia del 29/4/2004.

Prensa

Aranda, Darío. «Una fuga antes de la condena». Página 12, Buenos Aires, 30/4/2004.

«El tiempo», La Nación/Economía y Negocios, Buenos Aires, 2/2/2002.

Sassone, Martín. «Juicio oral en La Matanza a un policía acusado de gatillo fácil». Clarín, Buenos Aires, 20/4/2004.

————. «Lo condenaron a 18 años por un caso de gatillo fácil y escapó». Clarín, Buenos Aires, 30/4/2004.

«Escandaloso ascenso para un policía bonaerense implicado en un crimen». Asociacionmadresdeldolor.blogspot.com.ar, Buenos Aires, 13/6/2011.

«La mayor cantidad de robos ocurren en La Matanza». Clarín, Buenos Aires, 24/3/2002.

«La Policía de Bragado detuvo a suboficial prófugo de la Justicia». Bragado-virtual.com, Bragado, 3/9/2007.

«La riesgosa misión de denunciar a la Bonaerense». Página 12, Buenos Aires, 23/9/2002.

«Los sueldos son más altos que en el 2001 pero rinden menos». Clarín, Buenos Aires, 20/6/2004.

Morosi, Pablo. «El delito que más creció: robo de autos». La Nación, Buenos Aires, 29/11/2002.

«Piden 23 años de prisión para un policía acusado de gatillo fácil». La Nación, Buenos Aires, 27/4/2004.

«Quedó libre un policía que mató de tres balazos a un inocente». Diario Hoy, La Plata, 14/5/2001.

«Reza todas las mañanas frente a la casa del suboficial acusado de asesinar a su hijo». La Nación, Buenos Aires, 3/4/2001.

Rodríguez, Fernando. «Disminuyó un 26,9% el robo de vehículos». La Nación, Buenos Aires, 15/2/2004.

«Robo de autos, un negocio de más de 500 millones al año». Clarín, Buenos Aires, 24/3/2002.

«‘Seguiré denunciando; no olvido, no perdono'». Diario Popular, Buenos Aires, 1°/2/2013.

«Víctimas, una y mil veces». Aldo Bonzi Hoy, Aldo Bonzi, 22/5/2009.

Internet

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Poema

«¿Qué hará María? En la tierra / ya no se arraiga su vida. / ¿Dónde irá? Su pecho encierra / tan honda y vivaz herida, / tanta congoja y pasión, / que para ella es infecundo / todo consuelo del mundo, / burla horrible su contento, / su compasión un tormento, / su sonrisa una irrisión».

Estos versos del poema La cautiva, de Esteban Echeverría, rinden homenaje a todas las mujeres que padecen la violencia ejercida sobre ellas y los suyos. Las heroínas de la presente crónica fueron mujeres, ciudadanas, trabajadoras y amas de casa anónimas, hasta que la tragedia les asignó un bautismo inesperado: Madres del Dolor.

Citas y signos

La forma de reproducir los dichos de otros suele cambiar con los autores, los géneros y las tradiciones. Por eso, quizás sea útil explicitar el criterio aplicado en esta narración, que involucra dos signos ortográficos:

  1. El guion de diálogo o raya (—): Acompaña las declaraciones recogidas personalmente; esto quiere decir, producto del contacto del autor (también podría ser un colaborador suyo) con alguien; sea cara a cara o mediante algún sistema de comunicación, como por ejemplo el teléfono o internet. Estas citas son directas cuando refieren palabras del propio entrevistado e indirectas cuando reproducen los dichos de alguien contados por un tercero. Una función alternativa de la raya en la presente crónica es encerrar conceptos u oraciones aclaratorios.
  2. La comilla («): Se ha aplicado en las alocuciones extraídas de distintos registros materiales. La bibliografía anexa propone estas categorías: libros, academia, documentos, prensa, internet y audiovisual. Es el único cometido de la comilla en la historia.
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